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Iniciamos la comida con sombras: entrar al restaurante es una odisea por la escasez de luz. Una escalera muy poco iluminada, con el riesgo de tropezar y llegar a la sala con dos dientes menos. Una vez allí, y teniendo en cuenta que habremos tenido que elegir si comer a la 1:30 o a las 3:30, cada plato tiene vida propia en cuanto a calidad se refiere. Los pinchos de pollo te resultarán crudos si tienes un paladar estándar, así que preocúpate de pedirlos hechos.

Por supuesto, no cuentes con que los platos traen guarniciones (me parece una ordinariez poner un solomillo en un plato completamente viudo). Todas ellas están presupuestadas aparte a precios de órdago. Por otro lado, si tienes la suerte de comer al lado de otra mesa que ha pedido un plato ahumado, estés en el aperitivo o en el postre, también te lo tomarás ahumado. Es decir, no ahúman los platos, sino el restaurante.

El servicio es muy amable, pero tienen tanta prisa por retirarte los platos, que se llevan tu vino sin terminar. Por último, el café viene servido desde la cocina, poniéndote la leche a gusto del camarero y no al tuyo, es decir si pides un cortado te ponen un café con leche en taza pequeña, y si lo pides con leche te ponen un biberón. Por supuesto, almorzamos en la discoteca Leña, no en el restaurante Leña con algo de música, costumbre que se está poniendo de moda para el deleite de los 25 añeros pero dudo mucho que lo sea para nadie que supere los 45 años. Franja de edad que no sé si podrá afrontar una cuenta de más de 50 € por comensal sin vino. Conclusiones: Dani García está centrado en una espiral de restaurantes con mucha marca y poco fondo, para el éxito de su propia cuenta corriente, pero a largo plazo… complicado. 60 € por persona. Tiempo récord, comimos en una hora. No volveré

Mónica Muñoz Blanco

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