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Hace unas semanas, asistí en Valencia al segundo congreso organizado por Sociedad Civil (*), bajo el lema Relanzar España. Ahí es nada. El anterior, en Madrid, tuvo otro lema también destacable: Repensar España, con los presidentes Aznar y González, mano a mano. En el más reciente vi público interesado, buenos ponentes… Un éxito que me dejó, sin embargo, con un ligero desánimo, porque me pareció que allí estábamos los convencidos, los que creemos que los ciudadanos debemos implicarnos más en los cambios de la sociedad, sin aceptar un papel pasivo y mudo entre elecciones. Eché en falta la presencia de más gente joven o, por lo menos, tener constancia de que las conclusiones de encuentros como este llegan hasta quienes no se sienten concernidos por el concepto de “sociedad civil”.

Un pequeño apunte aclaratorio, porque mucha confusión sobre el papel ciudadano y lo público proviene de no saber distinguir entre tres conceptos, cada cual con su idiosincrasia:

= El más general es el de sociedad, que solo implica el agrupamiento existencial de un cierto número de individuos que -forzados o por voluntad propia- aceptan vivir juntos.

= La ciudadanía, que transforma una sociedad en una sociedad civil, o sea, una sociedad que decide vivir según procedimientos democráticos constitucionalmente aceptados.

= La república, o sea, la res publica  de los romanos, que muy bien puede ser una monarquía constitucional. La res publica significa que somos todos depositarios y gestores de un patrimonio común, a la vez material e inmaterial. No somos inquilinos sino también propietarios, aunque muchos dirán que no han heredado nada, pero siempre se hereda algo. El ciudadano es el único propietario legítimo del bien común. En su tratado sobre la res publica (De re publica), Cicerón la compara a un objeto valioso que los padres legan a sus hijos. Si ellos lo dejan en un trastero, sin jamás ocuparse de su conservación, se irá deteriorando y no quedará nada de lo que fue una obra de arte.  Si alguien viene a estropearnos una puerta o una ventana, protestamos y exigimos la reparación. Pues habría que aplicar ese reflejo de propietario a todo lo que concierne el Estado, que no es nada más ni nada menos que una mancomunidad.

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