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He participado, con un pequeño testimonio personal, en un libro realmente destacable: Súper Cuidadores, editado por LoQueNoExiste (con muy buenos títulos sobre asuntos actuales) y coordinado por Aurelio López-Barajas de la Puerta. Pero una cosa es aportar un texto, aunque te remueva por dentro, y otra tener en la mano, unos meses más tarde, el resultado final. Es entonces cuando las páginas convierten en tangibles los esfuerzos, alegrías y sufrimientos de esa obligación tan compleja que supone atender a los nuestros -o a los ajenos, si es desde la profesión o el voluntariado- en sus momentos difíciles, cuando falta la salud, se acumulan los años, o las dos cosas.

Obligación. Utilizo la palabra con toda su carga. ¿Obligación de quién, de qué, hasta cuándo? En el libro vemos muchos ejemplos de amor y superación de los cuidadores, sobre todo cuando recuerdan a quien ya se ha ido. Ese sentimiento, tamizado por el paso del tiempo, esa memoria luminosa, es una recompensa, la que hace olvidar momentos difíciles, escollos burocráticos, a veces deserciones de otros miembros de la familia o de amigos. Súper Cuidadores recoge ese espíritu, pero también es una llamada, en tono positivo, a enfrentarnos a la cruda realidad que ahora mismo mantiene en vilo a tantas familias, a tantas personas, sin distinción de edad, ni circunstancias sociales o económicas.

Cuidar es un verbo que se conjuga transversalmente y se convierte en ocasión para dar la talla personal, pero también para descubrir las carencias de nuestra sociedad a la hora de proveer de medios y estructuras a quienes tienen la obligación (insisto en el verbo clave) de hacerse cargo de sus familiares.

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